Para él, conversar fue siempre una actividad que tenía que ver más con la escucha que con el habla, una experiencia en la que callar era más importante que decir, un momento en el que el silencio atento era más elocuente y valioso que el verbo desbordado.

Oír al otro, al interlocutor, era un acto sagrado, una especie de liturgia en la que no había espacio para los ritos de la interrupción, la prisa, la distracción y la suposición.

Tampoco encontraban sitio la condena, el juicio y la censura. En algún momento de su vida, ese hombre aprendió el arte de prestar atención desde la bondad y la generosidad.

La plática era un ejercicio para aprender y comprender, ponerse en los zapatos del otro. Eso era lo esencial para ese ser humano que no conversaba para ganar, criticar, denigrar o destruir. Era un apasionado del diálogo constructivo.

En muchas ocasiones lo vi discutir y debatir, lo cual hacía siempre con altura, elegancia y respeto a la dignidad ajena. Era un hombre de convicciones, con criterio, estudioso, mas nunca lo vi con aires ni poses de dueño de la verdad que mira a los demás por encima del hombro.

Se presentaba en la arena del diálogo con las armas de la humildad, honestidad, entereza, dominio propio. El ego enfermizo, el prejuicio dañino, el ataque personal y la arrogancia tóxica no formaban parte de su arsenal retórico (el arte de bien decir).

Así era, así fue, David Guevara Arguedas, mi padre, quien vivió entre el 31 de agosto de 1938 y el 16 de julio del 2020.

Evoco su capacidad de escucha y reflexiono sobre lo mucho que me falta por andar en ese camino, pero pienso también en algo que me duele y preocupa: la paulatina erosión del diálogo respetuoso y el debate de altura en nuestro país.

Aportar aunque sea un grano de arena en la quijotesca pero necesaria tarea de restaurar el diálogo constructivo es uno de los objetivos con el que nació el sitio Gente-diverGente.

Necesitamos, por el bien del país, aprender a escuchar y a leer en vez de apresurarnos a atacar, denigrar y destruir.

Es lo que piensa el segundo de los cuatro hijos del hombre que sabía escuchar.

José David Guevara Muñoz
Periodista independiente
Editor de Gente-diverGente